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Rosalía, un bizcocho lleno de Lux

Con hambre y ganas de comer, nos zambullimos en canciones y escenificaciones del nuevo álbum de la artista catalana, buscando significados asociados a lo que en él se come, se bebe y se cocina

Por Sasha Correa / 01-12-2025

Medio mundo habla de Rosalía y su nuevo álbum, Lux. Nosotros también. En Diálogos de Cocina nos ha gustado siempre asomarnos a la música como fuente de inspiración, y en este caso, de reflexiones a pedir de boca, porque si algo tiene esta mujer (que no es santa, pero está bendita, como ella misma dice) es hambre y ganas de comer. Sus canciones le echan una cucharada y media de sabor a un caldero del que se alimentan quienes disfrutan de sus experimentos artísticos y menjunjes creativos. Por eso, nos asomamos al imaginario que se viene construyendo alrededor de Lux, su más reciente lanzamiento, en busca de conexiones que alimenten el vicio que tenemos quienes buscamos y encontramos comida en todas partes y, por tanto, quienes nos preguntamos por los significados que ésta adquiere cuando aparece en temas, videoclips, actos culturales, performativos o promocionales, a propósito del peregrinaje al que se suman los feligreses de la artista catalana.

Terrón de azúcar

Salivamos con Berghain, la suculenta pieza que grabó Rosalía junto a Björk, Yves Tumor y hasta la Orquesta Sinfónica de Londres; integrando nosecuántos idiomas, nosecuántos géneros musicales, nosecuántasreferencias fashionables y estilísticas, además de nosecuántos elementos simbólicos de nosecuántas épocas. No haremos un análisis exhaustivo: suficientes expertos hay ya ofreciendo interpretaciones sobre el primer tema Lux. Masticaremos, apenas, un pequeño aspecto del videoclip que a tantos nos tiene salivando. En él, la vemos entrar a casa y quitarse el abrigo: abre las cortinas y conforme va entrando la luz de golpe, un impetuoso coro de violines se arranca en batalla. Rosalía pisa algo. Busca debajo de su zapato derecho y consigue una suerte de tachuela.

Sentada a la mesa de su cocina, nos muestra lo que había realmente debajo de la suela: un dije. Un guardapelo dorado perfilado en forma de corazón, con una gema roja en medio y que, en otros tiempos, se regalaba con algo muy personal escondido dentro —quizá una foto o incluso un mechón de pelo… algo que obligara a recordar, como le pasa de facto a Rosalía.

Delante de las traiciones de su memoria, ella se protege con la boca ¿de un amor? ¿de una maldición? ¿de una tentación? Toma un terrón de azúcar, lo moja en café y lo chupa como quien se persigna con ello. La calma le dura lo que le dura el sorbo. Hasta la última escena, la vemos hacer malabares para deshacerse de ese karma. Cuando ya no da más, cierra los ojos y de nuevo, un terrón de azúcar se diluye en café. Lo siguiente que vemos es a la cantante convertida en paloma, agitando alas que imaginamos hechas de caramelo.

Un futuro con olor a pipí de gato

Rosalía prende fuego a un Rolls-Royce en Sauvignon Blanc. Reniega del caviar y de las perlas: si te tiene a ti, no necesita nada más. Ni champán ni chablis. Tú serás para ella el sauvignon blanc que le da paz sin guerra. Y así, uno de los vinos más emblemáticos —el que tantos aprendimos a identificar los novatos por sus olores a “pipí de gato” (pero que si nos ponemos serios recuerda en nariz a pimiento verde, hierba, algo de espárrago y fruta fresca)— se convierte, en boca de la cantante, en el antónimo de una vida ostentosa y en sinónimo de un acomodo más terrenal muy a pesar de que un buen Sancerre o un Pouilly-Fumé son todo menos corrientes (por apenas citar algunos de sus iconos). La uva por detrás de estas copas es intrépida, coqueta y generosa. Desde que apareció en Valle del Loira, en Francia, ha cruzado fronteras sembrando acidez, frescura y delicadeza allí donde la tierra le da lo que necesita, desde Francia a Nueva Zelanda, pasando por Italia, Chile, Australia y por supuesto España, en donde Rueda le sirve de cuna. Pero no venimos a dar clases de enología. Apenas a celebrar la manera curiosa con la que Rosalía la convierte en símbolo de sobriedad y renuncia, tanto como para bajarse sin complejos de sus Jimmy Choos ¿Por qué? Porque no necesita nada más que un amor divino, tipo sauvignon blanc, para que “el futuro sea dorado”. Brindamos con ella con copas de vidrio.

Un bizcochito

Para promocionar su álbum, Rosalía tocó la puerta de David Broncano el pasado 10 de noviembre con un bizcocho en la mano para compartir con el público de La Revuelta. Un bizcocho “de 14 kilates”, hecho por ella misma. Apareció toda vestida de negro, con un rosario en el cuello y una coronilla dorada en la cabeza —ahora que va de monja, de santa, de mujer redenta y llena de Lux.

Lo cortó y lo repartió desde el plató —me la imagino el día antes rezándole a la mezcla cruda de ingredientes para que leve y salga del horno esponjoso. Renunciar al azúcar no está por lo visto en sus planes de penitencia: todo lo contrario. “Que os siente bien”, decía con las manos puestas en forma de oración, mientras interactuaba con quienes fueron tomando “un cacho” del postre que colectivamente celebraron desde las gradas.

Aclaró, eso sí, que le encanta la repostería, pero “no es experta”. Quién sabe si tener amigos en el mundo de la gastronomía la hizo anticiparse al celo (y a la tontería) con el que tantos critican que “cualquiera” de tips de cocina:

“Comparto esto porque todos mis amigos se lo han disfrutado cuando lo he hecho. Pero lo hago con toda la humildad y el respeto del mundo hacia los cocineros, chefs y reposteros realmente pros.”

“Está hecho con amor”, repetía sacudiendo entre el público su larga melena, decorada con tan sugestiva aureola —decido pensar que se la pintó con azúcar glass.

El run run fue tal, que miles de personas corrieron a ver la entrevistaviralizada online. El gesto encierra una jugada interesante: la promoción convertida en performance, la estrategia de marketing embadurnada de mística y, también, la cocina como recurso para conectar con la gente; como bisagra para interesar a personas que, comulguen o no con la música de Rosalía, posiblemente se conmueven frente a una imagen “tan adorable” como la de una mujer que ni por artista ni por famosa ni por estratosférica que parezca, rehuye de la cocina. Al contrario, la abraza —como dios manda.

Luego de la actuación televisiva, ella misma dio la receta, esparciéndose por redes y cadenas de mensajes a la velocidad del rayo. Por un lado, aseguró incluir su mayor secreto: “elegir buenos ingredientes” —y por supuesto le perdonamos la obviedad, porque es una verdad como una catedral.

“Para hacerla utiliza el mejor aceite de oliva y las mejores naranjas que tengas a mano. Te aseguro que el tiempo que dura esta receta vale la pena (¿una hora y media, más o menos?) y que sabe todavía mejor cuando se comparte.”

…siempre que lo que se comparta esté hecho con harina, huevo, azúcar y lo que ella decida echarle “a to lo que tiene delito”. De resto, ya lo dejó claro en su disco anterior: Rosalía ni es ni va a ser nuestro bizcochito.

De rechupete

En la canción Magnolias, da la impresión de ver a la catalana asistiendo a su propio entierro, pidiendo que echen sobre su ataúd flores en medio de cierta catarsis y, también, celebración.

Gasolina y vino tinto / Puros y chocolate / Bailando con amor / Encima de mi cadáver. Hoy se derrocha / Burlando la suerte / Y lo que no hice en vida / Lo hacéis en mi muerte.

Nos quedaremos, en cualquier caso, con las últimas frases de la letra, como excusa para recordar una edición de Diálogos de Cocina en la que participó el escritor mexicano Juan Villoro, para deleite de quienes estuvimos presente:

Promete que me protegerás / A mí y a mi nombre en mi ausencia / Yo que vengo de las estrellas / Hoy me convierto en polvo / Pa’ volver con ellas

En efecto venimos de las estrellas. Y de eso habló el escritor mexicano en su intervención de lo que supone estar compuestos del mismo material del que proviene todo lo que hay en el universo: “Uno de los grandes placeres de la cocina es el de chuparse los dedos, saber que también nosotros podemos ser sabrosos. Y si somos sabrosos —remarcó— es porque estamos hechos nosotros del mismo material que compone todo lo que comemos, dado que el universo comparte un mismo ingrediente básico, polvo de estrellas”.

Y añadió el principal efecto que tiene esa circunstancia o suerte: “Podemos saber a qué sabe el cielo”.

Estamos hechos, pues de un mismo ingrediente estelar —que da forma al pan, al vino y a las magnolias. Échenle un ojo a la charla entera, y sírvanse ya de paso un poco de sauvignon blanc.

Por Sasha Correa / 01-12-2025

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